Editorial

César Pascual Fernández. Presidente del 17º Congreso Nacional de Hospitales

Reflexiones tras el Congreso: tenemos que movernos, tenemos que hacer cosas.



Acabamos de cerrar el 17º Congreso Nacional de Hospitales con gran éxito, pero que deja un cierto sabor agridulce, consecuencia de la grave crisis económica y su impacto sobre el sistema sanitario y las difíciles perspectivas que se dibujan en el horizonte a corto y medio plazo.

Si algo ha quedado meridianamente claro en el congreso, ha sido que no podemos seguir haciendo las cosas como las hacíamos antes, porque el escenario actual (y, lo que es peor, el que se dibuja de futuro) es diferente. La población y la salud de la población han cambiado, lo van a seguir haciendo y la situación económica internacional y del país no permite aventurar en el corto plazo un contexto favorecedor para la sostenibilidad de nuestro sistema sanitario. Hasta aquí todos estaremos de acuerdo.

Como estaremos de acuerdo en que los instrumentos para afrontar los problemas que este nuevo contexto nos dibuja ya no sirven, simplemente no valen: no nos vale la estructura administrativa presupuestaria, no nos sirven los estatutos del personal, no nos sirve la actual concepción de profesionalismo clásico, en definitiva, no nos valen la mayoría de instrumentos que seguimos utilizando o que debemos seguir utilizando.

Porque, llegados a este punto, ha llegado la hora de dejar de hablar de nuestro excelente sistema sanitario, de la joya del Estado del bienestar y de recrearnos en nuestra suerte como si nos fuera ajeno lo que está ocurriendo. No podemos mantener una actitud pasiva frente a lo que está pasando, lisa y llanamente no podemos.

En aquello que nos ocupa (y nos preocupa), debemos intervenir hasta donde llegue nuestra capacidad (e incluso me atrevería a decir que más allá). Estamos obligados a dejar de mantenernos en una especie de fase permanente de deprivación, una especie de angustia existencial que no nos lleva a ninguna parte, básicamente porque seguimos confiando en alternativas que, sin embargo, no existen.

Hay quienes para no actuar alegan la necesidad de planteamientos generales de Estado y probablemente razón no les falta, pero lo cierto es que este pacto global no llega y mientras esto sucede (¿o no?) cada comunidad autónoma, cada servicio autonómico de salud individualmente está en condiciones de hacer cosas y algunos hacen algo y otros no las están haciendo.

Pero la realidad es que en la meso y microgestión podemos y debemos avanzar en implantar cambios y avances y hacerlo con valentía, con la seguridad que nos da poseer el conocimiento y las habilidades técnicas para llevarlos a cabo con éxito. En el último congreso hemos podido tener la oportunidad de conocer muchas experiencias exitosas que se han llevado o se están llevando a cabo en nuestro país por profesionales muy diferentes, que sólo tenían una cosa en común: la valentía de un directivo o de unos directivos en apoyar e impulsar las iniciativas y favorecer que se llevaran a cabo.

Posibles soluciones para poner nuestro granito de arena hay muchas, lo mismo que perspectivas, pero una de las soluciones inexcusables (la que más nos atañe a los directivos) pasa por lograr una mayor eficiencia. Porque tenemos margen de mejora no nos engañemos, y esta eficienci, lógicament, nos ayudará, más allá de la eterna reivindicación de mayor financiación, a una contención del déficit.

Es verdad que nadie duda de la indiscutible necesidad de una mayor financiación, entre otras cosas para abordar la deuda. Pero esta mayor financiación de nuestro sistema sanitario constituye un problema político de gran calado y, desgraciadamente, sin visos de que a corto plazo pueda solucionarse definitivamente y sobrepasa nuestras competencias directivas.

Hoy en día la eficiencia pasa por la obligatoriedad de eliminar aquello que es prescindible, todo lo que pueda hacerse de otra forma más eficiente y lo que no aporta valor al sistema, tanto desde planteamientos clínicos o no clínicos. Me estoy refiriendo a lo que no aporta valor y no a lo que menos valor aporta, aunque tal como se dibuja el panorama será difícil que no terminemos abocados a una situación en que aquellos recursos asistenciales (desde un gran centro hasta una consulta pasando por servicios y unidades o programas) que no sean coste-eficaces verán comprometida su supervivencia. El propio sector asistencial se reordenará buscando un equilibrio sostenible.

Así pues, nuestra obligación como directivos es sustraernos, en la medida de lo posible, a lo perverso del debate político y centrarnos en nuestra competencia.

Tenemos que hacer lo que sabemos que tenemos que hacer. Y hemos demostrado que sabemos hacerlo bien. No vale, pues, refugiarse en el manido pacto por la sanidad o en la crisis económica que nos constriñe. Es la hora de tomar medidas con urgencia. Algunas serán, no cabe duda, duras de asumir por el colectivo de profesionales que se ha visto muy perjudicado en esta crisis, pero realmente no queda otra opción.

No es posible mirar hacia otro lado y esperar que las soluciones vengan de “arriba” o de “fuera”, porque la situación en muchos lugares es simplemente dramática: para el sistema porque está en riesgo la calidad asistencial, para los profesionales porque está en riesgo su futuro, para los proveedores porque está en riesgo sus supervivencia…

Porque, salvo contadas excepciones, no estamos ni siquiera diseñando los cambios necesarios, que en el futuro cercano tendremos que poner en marcha. Es verdad que avanzar en la corresponsabilización del paciente, modular la activa participación de los profesionales y, sobre todo, seguir incorporando masivamente las tecnologías de la información van a modificar la forma en que afrontaremos el futuro, pero mientras tanto hemos de trazar la hoja de ruta a seguir en el corto plazo y situarnos en posición de garantizar la misma calidad asistencial y asumir una presión asistencial desbordante.

Entre otras cosas, de una vez por todas habrá que acometer con rigor y seriedad el tema de los recursos humanos, abandonando el discurso buenista de que el sistema funciona gracias a la base de sus profesionales porque, aunque es cierto desde la perspectiva profesional individual, también lo es que podíamos afirmar que funciona a pesar de los profesionales, si lo contemplamos desde la perspectiva colectiva: no existe el verdadero trabajo multidisciplinar aunque traban muchas disciplinas diferentes juntas, el auténtico trabajo en equipo es excepcional aunque hayan equipos de trabajo, por no hablar de la elección de profesionales en base a las competencias necesarias para el puesto de trabajo y no por otros méritos como la antigüedad, de la evaluación del desempeño, de la delegación de competencias entre profesionales, de los procesos asistenciales integrados, del trabajo compartido, de las nuevas relaciones laborales, etc.

Seguimos en una situación donde hablar de reducir o disminuir la variabilidad clínica sigue siendo un tema tabú. Porque no todo es escasez de médicos o un mal reparto entre las especialidades, ni diferencias de salarios, estatus o sobrecargas de trabajo.

¿Y de los propios directivos qué? Decía hace unos meses “The Economist” que la excelencia gestora salva vidas. Es decir, la eficiencia es una herramienta decisiva en la reordenación de recursos y mucho más en situaciones de crisis. Pues bien, ¿cómo vamos a llegar en nuestro país a una excelencia en la gestión si carecemos de buenos profesionales en la gestión?

En este momento hay consenso general sobre la dificultad que existe para captar profesionales del sector para el ámbito de la gestión de los servicios de salud ya que, por un lado, es una labor desprestigiada; por otro lado, muchos de los posibles candidatos ven mermada su capacidad retributiva cuando abandonan su actividad asistencial y pasan a dirigir una organización. En España hay magníficos gestores sanitarios, bien formados y con experiencia contrastada pero, en líneas generales, las retribuciones no son muy atractivas y eso frena la decisión de formarse e incorporarse a la gestión sanitaria.

Desde SEDISA seguiremos luchando para tratar de modificar esta situación que pasa, a nuestro entender, por dignificar la profesión, que los gestores sanitarios ocupen el lugar que les corresponde y estén lo suficientemente bien retribuidos. Es verdad que probablemente no es el momento de exigir mayores retribuciones, pero sí lo es de hacer ver en qué situación nos encontramos. Asumimos que el escenario no permite avances en el terreno de lo económico y por ello no constituye nuestra prioridad, pero en modo alguno debemos dejar de reivindicar autonomía de gestión, profesionalización, competencias… Los directivos aportamos valor al sistema, hagamos valer ese valor.

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