Entrevista

GUILLERMO FERNÁNDEZ VARA, PRESIDENTE DE LA JUNTA DE EXTREMADURA

“Es razonable cierto perfil político en el directivo, con indiscutibles conocimientos técnicos”



Ricardo López / Javier Barbado. Mérida. Vivimos tiempos difíciles no sólo por la crisis económica mundial, a la que no ha escapado la sanidad, sino también porque ésta ha de adaptarse en poco tiempo a una profunda transformación. Por esta razón el máximo dirigente del gobierno autonómico extremeño, que ha recibido a este periódico en su despacho oficial de la Junta, asegura una y otra vez que es mucho más lo que une a los españoles que lo que los separa, de modo que, en su opinión, no es momento para disputas, sino para trabajar por aquello que interesa a todos. E incluye en este razonamiento la adaptación de los profesionales a las nuevas demandas, por ejemplo la asunción de nuevos roles por parte de médicos, enfermeros y farmacéuticos; o la voluntad política de resolver los problemas por medio de foros, si es preciso entre los presidentes y consejeros autonómicos, por un lado, y entre éstos y el Gobierno central, por otro.

Nos gustaría que hiciese una valoración de cómo ha evolucionado la sanidad en su comunidad en estos últimos años y de cuáles son los objetivos prioritarios en este sector que se plantea como presidente autonómico.

En 2002, como consecuencia de haberse alargado tanto en el tiempo el proceso transferencial, se había producido, no una sanidad de dos velocidades, pero sí de dos visiones diferentes: una, muy cercana a la realidad en la toma de decisiones en aquellas comunidades en las que la sanidad estaba transferida; y otra, en la que las decisiones se tomaban desde Madrid, con toda la mejor voluntad del mundo, pero aplicando criterios a realidades heterogéneas.

Ha habido además un segundo hecho, muy relevante, que coincide con la época de mayor crecimiento económico en España. Ello ha permitido traer recursos a la sanidad en un periodo de tiempo corto (algo que en otros momentos, como en los actuales, hubiera sido mucho más difícil de hacer).

Hay, por fin, una tercera característica de la que me siento muy orgulloso y en la que nosotros tomamos parte. Las características demográficas y de otro tipo de la región hacían necesario innovar, de modo que diseñamos cosas nuevas, como el programa de cuidados paliativos. Si hubiéramos decidido poner una unidad de cuidados paliativos en Cáceres y otra en Badajoz, podría parecer que teníamos cubierta la autonomía cuando no era así (más que unidades, hicimos programas). Y lo mismo ocurrió con otros programas sobre el dolor, la telemedicina… Se trataba de intentar que el conjunto del sistema participara en los programas, ya que era la única manera de garantizar que éstos llegaran a todas partes.

Eso hizo que, en estos años, se fuera completando el conjunto de prestaciones y de recursos que veíamos necesarios. Y siempre a partir de dos bases: la idea de que hay que tener sólo lo que hay que tener (no más): es un disparate pensar que en España haya de todo en todas partes; y luego otro aspecto en el que yo trabajé mucho, que era intentar no caer en el chovinismo infantil de pensar que autonomía equivales a independencia dentro del sistema sanitario de salud. Y que hay que fortalecer lo que nos une, porque el Sistema Nacional de Salud no es la suma de los diecisiete sistemas que lo integran, sino algo más que eso.

¿Qué retos se propone en ese escenario?

Mantener lo que tenemos. Creo que la famosa palabra “sostenibilidad” es la clave en la sanidad española en tiempos en que vamos a tener varios años sin poder atraer nuevos recursos para seguir haciendo lo que hasta ahora en el sistema. Ésa es la piedra filosofal de lo que ha de centrar nuestra reflexión en estos momentos.

Después de doce años como consejero de Sanidad en la comunidad, llega a la presidencia. Supongo que mantiene una especial sensibilidad respecto al ámbito sanitario, ¿no es así?

Sin duda. Es importante la comprensión de la profundidad de los problemas y el campo de la sanidad se revela como un aspecto central. También es muy importante la educación, máxime en estos tiempos de crisis de valores en los que se piensa en ella como solución para evitar que la situación se repita en el futuro. Sin embargo, uno empieza el curso escolar con 25 alumnos y, al acabarse, aunque les haya ido a unos mejor que a otros, sigue habiendo esos 25. En sanidad, no. Aquí la demanda es “en acordeón”: se tiene más cuanta más confianza se despierta en el sistema.

Otro ejemplo puede ser la operación de cataratas: se puede decidir cuándo se opera, y, en función de ello, el universo de personas que entran por esa puerta varía de manera muy significativa, y hay que recordar que la edad no se considera un elemento que deba limitar el derecho a esa operación.

En este sentido, recuerdo como uno de los momentos más críticos que he vivido, aquél en el que se dio la orden de retira un tipo de marcapasos (al parecer con un defecto) del que en Extremadura se habían instalado más de treinta. Yo estaba en Madrid y recibí una llamada del servicio de salud informándome de que se había hecho un muestreo de los más de veinte fallecidos. Me alarmé y, cuando vimos caso por caso, se descubrió que ese marcapasos se había puesto a una población mayor de 90 años con un pronóstico concreto de vida en los tres o cuatro años siguientes. Es decir, estamos implantando marcapasos a gente con cien años, y eso, que no lo hace ningún sistema sanitario del mundo (son mucho más discriminativos), muestra la fortaleza del nuestro.

Usted ha vivido muy cerca el origen del Sistema Nacional de Salud a partir de la Ley General de Sanidad en 1986. Hace tres años su colega Juan Luis Rodríguez-Vigil, ex presidente del Principado de Asturias, publicó un libro de título Integración o desmoronamiento. Crisis y alternativas del Sistema Nacional de Salud español. ¿Qué amenazas podrían llevar a ese posible desmoronamiento y cómo pueden combatirse?

No entender que lo que de verdad hace fuerte al Sistema Nacional de Salud en España es, precisamente, el sistema. Podríamos tener lo mismo que tenemos ahora en las comunidades autónomas sin un sistema, pero eso haría que lo que tenemos fuese mucho más débil. O dicho de otro modo, aplicando una fórmula matemática: si cada servicio de salud es más fuerte, pero esa fuerza hace más débil al conjunto, el resultado global es de debilidad.

En cambio, si la suma de la fortaleza de las partes equivale a una mayor fuerza del todo, esa fortaleza es por partida doble. Si esto no se entiende, nada se habrá entendido. Es la razón por la que en España somos pioneros en trasplantes: es el sistema el que responde, su fortaleza y la de la suma de las partes.

Si nos olvidamos de eso, y vamos a establecer fronteras donde antes no existían, trasladándolas, en este caso, al sistema sanitario, acabaremos debilitando al conjunto.

No es lo mismo “sistema” que “servicio”. Ése fue un asunto peliagudo a la hora de crear el Sistema Nacional de Salud.

Sí, al principio hablábamos de sistemas de salud de cada comunidad. Pero eso a mí no me preocupa mientras sepamos que por encima de cada uno hay algo, y que ese algo ha de ser una referencia. En España, cada uno nos podemos sentir españoles como queramos, cada uno puede tener una historia y una conciencia personales y sentir emociones distintas… siempre que eso no otorgue derechos y deberes diferentes: ésa es la clave. Nosotros, en el estatuto de autonomía de Extremadura, no hemos querido que figure un capítulo de derechos y deberes, porque éstos, para los extremeños, son los que están en la Constitución (si queremos reformarlos hay que reformar la Constitución para que los disfruten también el resto de los españoles). Y ésa es una clave para la convivencia del futuro. Una de las amenazas que hay sobre el sistema son los pronunciamientos contrarios a esas premisas.

No puede uno ocuparse de lo suyo y nadie de lo que afecta a todos, porque sigue habiendo muchas cosas comunes. Si Extremadura tiene superávit en donación de sangre, es lógico que haya hospitales de Madrid que tomen ese excedente (también recibimos de Madrid muchas cosas). Eso se llama cooperación y ha de surgir del convencimiento de que nadie regala nada, sino que se aporta a la necesidad común lo que cada uno tiene. Y esto para la energía, el agua y la sanidad. Si tampoco entendemos esto, una vez más nada se habrá entendido.

Además de consejero y presidente, usted es médico. ¿Hasta qué punto puede o debe influir el gremio en la política sanitaria, por ejemplo desde plataformas como la Organización Médica Colegial?

Siempre he defendido la participación. De hecho, tenía muchos cauces de participación abiertos: fuimos de las primeras comunidades autónomas en otorgar una amplísima participación a los colegios profesionales y a las sociedades científicas con relación a los grandes planes que había que desarrollar. Rompimos un viejo temor, en el gremio de las batas blancas, respecto a los foros de pacientes, y pusimos en marcha ferias anuales de pacientes con mesas redondas en las que profesionales, Administración y enfermos nos encontrábamos fuera de la consulta.

Si a mí me dijeran: “El gestor sanitario tiene que constituirlo exclusivamente el médico” diría que no necesariamente. Pero mi experiencia personal es haber conocido a excelentes gestores que sí eran médicos, lo cual no puede ser en ningún caso excluyente. Ahora bien, la complejidad de la gestión sanitaria es tan alta, que exige una cierta profesionalización, a la que se llega no sólo capacitándose sino también formándose, siendo consciente de que las herramientas en la gestión va cambiando y se van adaptando a realidades distintas.

Siempre he sido muy defensor del diálogo entre los distintos actores. Si somos capaces de mantener con vida los cauces de diálogo, y no se convierten en pura rutina o trámite, sino en la intención de compartir proyectos para que se hagan mejor, será fácil entenderse.

Hablaba de la necesidad de aunar los diecisiete servicios en un sistema nacional. También ha mencionado la cooperación y la coordinación. Se ha hablado desde no menos de un año de hacer un Pacto por la Sanidad, algo que no parece traducirse en un hecho. ¿Por qué razón?

Por dos razones. La primera, porque ello evidencia la complejidad del problema de la sanidad. Y la segunda, porque los servicios de salud tienen un lastre. La deuda que mantiene el sistema hace que disminuya el presupuesto que dedicamos a la sanidad en España. Si miráramos sólo las cifras de gasto no serían reales, porque hay que añadir, probablemente, hasta un punto más del PIB, que está pendiente de actualizar.

Así como en la educación se tiene la sensación de que, lo que se trata de resolver, pasa por un gran pacto común para el futuro, en la sanidad el futuro es mañana por la mañana, y el próximo diciembre o el próximo enero. Y eso hace que sea más difícil, porque hay que analizar qué va a ganar uno con un pacto en un ámbito tan complicado como el de la sanidad.

Extremadura ha sido pionera en la fusión de sanidad y dependencia en una sola consejería, en la actualidad presidida por María Jesús Mejuto (tan sólo la ha secundado después Castilla-La Mancha). ¿A qué se ha debido esta decisión?

La decisión ha sido consecuencia de dos hechos. Uno, el hecho de que el entonces consejero había sido presidente de las dos cosas. Fui, seguramente, de los pocos (si no el único) que hizo las transferencias del Inserso y, después, las del Insalud.

En segundo lugar, yo nunca hubiera entroncado la dependencia con la sanidad si ésta no hubiera adquirido el rango de ley y, en consecuencia, de derecho subjetivo. Una vez que se consolida como tal, como quiera que la enfermedad y la dependencia responden a dos círculos con una intersección en la que comparten espacio, para gestionar este espacio es mucho más fácil estar bajo las mismas manos.

Además, la metodología incorporada en España a la gestión sanitaria, nosotros la hemos trasladado aquí a la dependencia, y lo hemos hecho con todas las virtudes y defectos de dicha gestión sanitaria. El organismo autónomo que gestiona aquí la dependencia, bajo el paraguas de una sola consejería, ha atraído gran parte de la cultura de la gestión sanitaria, cuya validez no puede discutirse.

Aquí ha habido, por ejemplo, un proceso de innovación en la gestión de las cajas de ahorro a partir de presidentes que, curiosamente, vienen de mundo de la gestión sanitaria, y todo el mundo le ha reconocido el perfil de buenos gestores, quizá porque se trata de un plus añadido, de un elemento muy positivo.

La pasada semana [principios de febrero] los servicios jurídicos del Ministerio de Sanidad y Política Social han examinado el decreto de área única de salud en la Comunidad de Madrid, en la que gobierna el Partido Popular. En el mismo contexto, fomentar o no la colaboración entre la sanidad pública y la privada con frecuencia se utiliza por los partidos políticos de la oposición para criticar al gobierno. Tal vez esto depende de la población de cada autonomía. ¿Necesita Extremadura de este tipo de colaboración?

La riqueza de España está en su diversidad. Respecto al área única, nosotros la tenemos aquí desde el inicio de las transferencias. Pero no sólo porque queríamos que la Primaria y la Especializada estuvieran juntas, sino porque yo tenía un especial interés (porque había sido consejero de la parte de salud pública previa a las transferencias) por que la sanidad pública no fuera nunca pobre. Para ello había que introducir en la gestión sanitaria el concepto de la salud pública, de la promoción y de la educación sanitaria de la población como un elemento básico. A nosotros nos ha dado buen resultado tras ocho años de experiencia en este ámbito.

Por otro lado, España se compone de comunidades autónomas en las que el 99 por ciento de la población hace uso del sistema público (como es el caso de Extremadura), y otras en las que hay un treinta por ciento de la población que no hace uso del sistema público (como puede ocurrir en Baleares o en Madrid en algunos casos), aunque con la crisis esta opción tiende a ser cada vez menor.

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Hay sitios donde la empresa privada no va entrar porque no le es rentable (desde luego el medio rural no le es rentable, porque hay que dotarlo de unos recursos que luego no producen resultados positivos) y hay sitios que sí.

Desde mi posición, es muy fácil evidenciar que otros tenían que hacer lo que nosotros estamos haciendo. Ahora, yo tengo una posición muy clara: nunca le otorgaría a la sanidad privada responsabilidades sobre población concreta, porque creo que eso introduce una distorsión clara en la selección de la patología. Pero sí entiendo la complementariedad, y nosotros tenemos concertados la mayor parte de las clínicas de diálisis, todo el transporte sanitario... cómo no voy a reconocerla, pero nunca le entregaría un área a una empresa privada.

Gaspar Llamazares propuso una iniciativa en el Congreso para frenar este tipo de acciones, a la que el PSOE se adhirió en un principio y de la que ahora parece desmarcarse. Tal vez la postura del partido varía en función de la comunidad de la que se trate, es decir, no hay una posición única en este asunto, ¿no cree?

La ministra [de Sanidad y Política Social, Trinidad Jiménez] a mi juicio, está trazando una excelente trayectoria, a pesar de que no viene del sector de la sanidad (eso demuestra que no siempre es cierta la máxima que dice que quien conoce más el sector lo gestiona mejor). Introduce la frescura de quien viene de fiera y está siendo, a mi juicio, muy prudente. En sanidad hay que ser muy prudente.

En la España de hoy, hemos permitido un desarrollo de las autonomías por medio del cual éstas adquieren una responsabilidad respecto a sus competencias. Imponer cosas es, pues, complicado. Es decir, intentar atar, desde las Cortes generales, desarrollos aplicables en las comunidades autónomas a estas alturas de la película resulta difícil, al menos si eso no se hace en un contexto más amplio (un profundo pacto que salga del convencimiento de las propias comunidades autónomas).

En estos momentos, intentar atornillar o eliminar fórmulas de gestión que puedan estar siendo utilizadas, supondría un problema de una enorme trascendencia. Uno tiene que ser fiel a sus ideas, pero hay que ser también posibilista y pragmático, y hay que huir de cosas que no resolverían nada sino que generarían más problemas.

Es sabida la dependencia que suele tener el directivo o gerente de una organización sanitaria respecto del partido político que está en el poder en cada comunidad autónoma. ¿De qué manera debería abordarse esta situación?

En cada sitio, como digo, hay una organización distinta. En nuestro caso, al tener un gerente único de área, tenemos un solo responsable. De los que son gerentes en Extremadura, creo que muy poquitos son militantes del PSOE, si es que hay alguno. Pero, con ser muy importante la figura del gerente, también lo es la de quienes están debajo. En una estructura de área que tiene a su cargo todo lo que representa la Atención Primaria, la Atención Especializada y la Salud Pública, no puede ser que cambie toda la organización cuando haya un cambio de gobierno: me parecería un disparate.

Que haya alguien con un perfil más político al frente de la organización (con indiscutibles conocimientos técnicos) es razonable porque también hay que defender la política. Yo reivindico la política. Y si políticos son sólo el presidente y los miembros del gobierno, podemos encontrarnos con que se ofrece un contrato cada cuatro años a los ciudadanos, que éstos respaldan, y luego no somos capaces de llevarlo a cabo porque la gente con la que contamos piensa de otra manera.

Como todo en la vida, en el punto medio es donde está la virtud: no a una excesiva politización de la gestión, sólo la que tiene que ser en tanto en cuanto uno tiene que cumplir una serie de compromisos adquiridos con los ciudadanos. El que acepta una responsabilidad tiene que aceptar, no una militancia política, pero sí el compromiso de llevar adelante un programa.

El pasado mes de junio se celebró en Extremadura el 16º Congreso Nacional de Hospitales. ¿Puede hacernos una valoración de lo que supuso?

Aparte de la valoración que pueden hacer los que vinieron (que yo creo que se fueron gratamente sorprendidos), yo haría dos valoraciones. Una, en lo más formal, demuestra que ya no sólo se pueden hacer grandes cosas en los sitios grandes, sino que es posible que, hoy en España, se hagan también en sitios más pequeños. Y luego otra de carácter más personal: yo peleé mucho por ese congreso. Hace diez años, si Extremadura hubiera pedido celebrar el Congreso Nacional de Hospitales, la gente se hubiera reído de nosotros.

Ahora no sólo no se ríen, sino que la gente se fue muy satisfecha. En la semana siguiente, recibí testimonios de mucha gente que me llenaron de alegría, porque a muchos los conocía pero no a otros. Se fueron encantados de las aportaciones del congreso y de los términos en que se había planteado. En esto jugó un papel muy importante la organización de directivos [Sedisa: Sociedad Española de Directivos de la Salud, organizó el congreso junto con ANDE, Asociación Nacional de Directivos de Enfermería].

Por último, los congresos nacionales sirven para unirnos, para poner en evidencia que tenemos problemas comunes para los que pueden encontrarse soluciones comunes. El papel que le toca a la Organización Médica Colegial, a la de Enfermería, Farmacia, Veterinaria... El que le toca a las sociedades científicas nacionales... Es muy importante y es un papel que se escenifica en los congresos nacionales. Por eso yo me empeño en que no dejemos de tener una presencia activa en ellos, porque eso une y hace que, frente a la tradición pasada centrífuga, sepamos que algunas cosas hay que mantenerlas en común.

Ya que cita el mundo de las profesiones sanitarias, ¿cómo ve ahora, desde la presidencia, la polémica sobre la prescripción de fármacos, que ha enfrentado a médicos, enfermeros y farmacéuticos?

Lo veo desde fuera. Y veo que están cambiando muchas cosas, por lo que tenemos que aceptar que también esté cambiando el papel que determinadas profesiones tienen que jugar en este nuevo escenario, en el cual ha cambiado la realidad social, de los pacientes y de los procedimientos. Tiene que haber ajustes, aunque hay una tendencia (por otra parte legítima) de decir: “Lo mío que no me lo toquen”.

También la Medicina se ha especializado y ahora hay cosas que un médico de familia no trata, porque lo hace el especialista. Pero con todo esto es muy fácil hacer demagogia. Y no son tiempos para eso, sino para buscar soluciones.

¿Estaría dispuesta Extremadura a ir en la línea de Andalucía o de Cataluña, que han anunciado el apoyo a estos nuevos roles de la Enfermería?

Nosotros estamos en la apuesta de que Enfermería desarrolle todos los papeles que tiene que desarrollar. Pero creo que, si en esto no somos capaces de ponernos de acuerdo en hacer todos lo que por fin decidamos, al final se convierte en algo ingobernable. Hay una parte de la prescripción, que tiene que ver con la acción de la Enfermería, que puede tener la supervisión inicial o posterior del médico, y que forma parte de las respuestas a los nuevos problemas que estamos teniendo.

Y hay cosas que están reservadas al médico, no porque lo diga yo, sino porque son cosas de sentido común. Pero que haya determinados ámbitos para la Enfermería, que hoy tiene una cualificación que no tenía hace treinta años (y una capacidad de formación en la nueva estructura del Espacio de Educación Superior europea que antes no tenía), es una realidad y no podemos ocultarla. Pero no se puede personalizar el asunto, no puede ser un “quítate tú para ponerme yo”, estamos para resolver los problemas y hay que buscar el mejor modo de hacerlo. Y si para resolverlo mejor hay que pisar algunos callos, pues habrá que pisarlos.

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