Editorial

Por Jon Guajardo Remacha

¿Serán los resultados la alquimia en la gestión de un
directivo sanitario?



Por Jon Guajardo Remacha, director gerente de la Organización Sanitaria Integrada Barrualde Galdakao y vocal de Sedisa.

Ha llegado el momento de que los gestores y directivos de nuestro sistema de salud demos un salto cualitativo en la gestión de la información que manejamos. No sé si debemos considerarlo como el comienzo de la transformación que debemos realizar o simplemente se trata de una evolución adaptativa de lo que nos viene.

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Jon Guajardo Remacha.

Lo que sí parece claro es que hemos ido avanzando en la gestión de los datos y de la información clínica. Hemos conseguido o estamos cerca de disponer de una historia clínica informatizada y única por cada paciente. Aún recuerdo las fichas de cartón en cada una de las consultas de especialidades que teníamos en el hospital.

Hemos generado cuadros de mando con múltiples indicadores de actividad, buscando la eficiencia en la cantidad pero sin tener en cuenta si realmente hacemos lo que tenemos que hacer y sin analizar los resultados de lo que hacemos. Y cuando queríamos buscar, había que revisar una a una las historias clínicas o generar bases de datos propias, duplicando la información y el tiempo utilizado.

Pero pienso en el futuro con un escenario totalmente diferente. Nuestro sistema se está trasformando y probablemente no se trate de una transformación radical, sino de una evolución del modelo, creo que manteniendo los valores.

Uno de las razones está en la evolución de la tecnología. Eventos tecnológicos cambian el mundo sin posibilidad de retorno. No hace más de 30 años que existe el ordenador personal y ahora, en él, cabe y se puede procesar toda la información que entonces manejaba una multinacional.

Las nuevas tecnologías nos llevan a ello, aunque no queramos. Lejos quedará el modelo del médico que actualmente mantenemos. No sólo pasará a segundo plano la propedéutica, sino que cualquier paciente tendrá más posibilidades de llegar a un diagnóstico utilizando la combinación tecnológica y el ‘big data’ de sus datos de salud. O quizás sea un sistema experto de inteligencia artificial el que nos conduzca al mejor diagnóstico y tratamiento vital.

Claro que parece que estamos destinados a apagar fuegos o a vivir con la incertidumbre del presupuesto, además en el punto de mira de la sociedad y de los medios de comunicación. Y a veces, con la incertidumbre que generan los cambios externos en nuestras propias decisiones. Pero todo este escenario ‘cortoplacista’ no debe hacernos perder el horizonte ni los objetivos estratégicos que nos marcamos, es decir, el cómo evolucionan el mundo y nuestra sociedad. Debemos mirar más allá, y, por eso, estamos donde estamos: para cumplir una misión y para tener una visión.

Somos actores al servicio de la sociedad, de los ciudadanos, y tenemos un gran reto: evaluar los resultados de lo que hacemos no sólo en cantidad, sino también en eficiencia pero, ante todo, en las consecuencias sobre la salud y el bienestar de los pacientes.

Y no es el único reto que nos espera: tenemos que poner realmente al paciente en el centro, aunque creo que se pondrá él solo, sin necesidad de ayuda. Los nuevos roles, la cronicidad o la integración de los procesos asistenciales saltando los niveles, la seguridad del paciente, etc.

Pero el gran reto es el cambio de percepción en la gestión. Necesitamos no hacer por hacer; necesitamos evaluar lo que hacemos. Ahora podemos evaluar los costes, podemos valorar la eficiencia y es un gran avance. Aunque realmente lo que debemos evaluar es la adecuación de los que hacemos y su efectividad. Debemos evaluar los resultados en salud, pues ¿cómo podemos permanecer en un sistema de salud que no los conoce?

La crisis nos ha ayudado a pensar y a racionalizar lo que estamos haciendo. Estamos dejando de trabajar en un modelo donde se pone el foco en la actividad y se potencia el incremento del presupuesto. Todo se podía justificar con una mayor actividad, o, simplemente, por el encarecimiento del precio de los fármacos, de las técnicas o de los costes humanos y de funcionamiento.

Basta ya de consolidar presupuestos, de hacer por hacer. Tenemos que conocer los resultados de lo que hacemos, para hacer lo que está indicado, lo que realmente aporta valor. E incluso pagar por ello. Tenemos que conocer nuestros costes pero, ante todo, nuestros resultados. Sólo nos queda una opción: buscar los resultados para generar valor a lo que hacemos. Y, para ello, lo tenemos que poner en nuestros objetivos estratégicos, en nuestros planes de gestión, y, por supuesto, en nuestro día a día, interiorizarlo como una parte de nuestra cultura.

Ya lo dice Porter en ‘The strategy that will fix Health Care’. En concreto, plantea que debemos medir los resultados en tres niveles: los ligados al nivel de salud (supervivencia, nivel de dolor, etc.); los ligados al proceso de recuperación, y los relacionados con la sostenibilidad del sistema.

Ahora no los conocemos y, en algunos casos, ni nos interesan, porque no influyen directamente en nuestra cuenta de resultados. Pero debiéramos tener una visión global de lo que hacemos y contar con la repercusión que tiene lo que hacemos o lo que dejamos de hacer; en que, en definitiva, el ciudadano pueda volver a su actividad normal.

Además, no sólo nos deben interesar los resultados finales ‘outcomes’, sino aquéllos que nos permitan establecer mecanismos de trazabilidad del sistema de producción de los servicios y permitan comparar de manera fiable cuál obtiene mejores resultados. Si bien es cierto que todavía estamos lejos del escenario óptimo, iniciativas que se están llevando en diferentes comunidades autónomas, como la publicación comparativa de los resultados de los hospitales de Madrid, el propio MSIQ del Catsalut o el OBI y la carpeta de salud en Osakidetza, permiten caminar hacia este objetivo.

Los gestores necesitamos algo más. Los datos han pasado de ser una colección de información a ser claves en la toma de decisiones. Y el ‘big data’ en salud es una estrategia de futuro. Necesitamos cambiar nuestra cultura, la de los clínicos y la de los gestores, evolucionar, transformar, innovar para buscar y conseguir los resultados que demanda nuestra sociedad. La sostenibilidad del modelo de salud que gozamos está en nuestra responsabilidad. En nuestra capacidad de convencernos y convencer.

Un sistema de salud solidario y sostenible requiere de un modelo nuevo de gestión de la información, basado en la trasparencia y en la evaluación de los resultados que se traducen en valor para la salud y en valor para los ciudadanos. Seamos optimistas: alcanzaremos lo que deseemos.

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