Editorial

EDITORIAL

Gestores sanitarios: entre la evidencia científica, la eficiencia y los valores


Mariano Guerrero, secretario de la Junta Directiva de SEDISA y director de Planificación y Proyectos de Ribera Salud Grupo

Todos los países de nuestro entorno económico, político y social han sufrido grandes cambios en la estructura social. A saber: la ampliación de las clases medias, el acceso masivo de la mujer al mercado remunerado, la transformación de las relaciones jerárquicas en la familia, el envejecimiento de la población, los enfermos crónicos, entre otras, que han transformado valores considerados tradicionales.

Además, en las últimas décadas ha sido evidente el aumento de las necesidades sanitarias y no es menos cierto que en un sinfín de situaciones personales y colectivas resulta difícil referirnos a necesidades sanitarias de forma exclusiva, ya que el mayor nivel cultural genera en los ciudadanos, nuevas expectativas y un cambio en la vivencia de la salud y de la enfermedad, así como una nueva visión sobre los servicios sanitarios. En estos cambios y avances no sólo ha contribuido la ciencia médica, sino también la organización sanitaria, la salud pública, las condiciones de vida y sobre todo la cultura y la educación.

Decía Cela que “el desarraigo es uno de los males de nuestro tiempo. Pero no por el escaso apego a la tierra, sino porque la siniestra sociedad de consumo hipoteca voluntades, memorias y entendimientos con gastos superfluos que suponen una esclavitud”, y esta cuestión no es baladí, en lo concerniente a los servicios sanitarios, ya que estos han de dar respuesta a estos nuevos deseos y expectativas.

Para mantener esta compleja y cara estructura sanitaria debemos de preguntarnos si estamos preparados para asumir el impacto económico. Pero no se trata de solo de ser eficaces y eficientes, sino también de saber asumir las implicaciones éticas de nuestras decisiones, incluidas el haber conseguido trasformar enfermedades mortales en enfermos crónicos y dependientes, muchos de ellos.

Otro aspecto es la búsqueda de la eficiencia en un sistema que se mueve tomando decisiones ante la complejidad, la variabilidad, la incertidumbre, el riesgo y la oportunidad ante alternativas diagnósticas y terapéuticas y necesidades sanitarias, no siempre definidas y cambiantes.

La eficiencia en los sistemas sanitarios de financiación pública, como es el español, no solo es fundamental para la viabilidad del mismo, sino que se convierte en un imperativo ético, más en un entorno donde el 40 por ciento de los costes están relacionados con la obtención de datos y gestión de la información, y donde cabe preguntarse si está garantizada toda la práctica clínica, en términos de calidad científica o si existe evidencia científica para todo cuanto hacemos. Las estancias inapropiadas en hospitales suponen más del 25 por ciento del total. Los ingresos inapropiados suponen hasta el 27 por ciento, y, además, somos el segundo país europeo en consumo de antibióticos según el Instituto Sueco para el control de las enfermedades infecciosas.

Parece que la práctica clínica basada en la evidencia científica y la búsqueda de la eficiencia deben de considerarse necesarias. Pero a más de la eficiencia, la ética. La existencia de recursos sanitarios limitados plantea problemas éticos a la sociedad y a los profesionales sanitarios, en relación con la interrupción o moderación del esfuerzo terapéutico. Además, la formación sanitaria tradicional no ha preparado generalmente al profesional para afrontar este tipo de problemas.

No podemos obviar que la ciencia médica y las organizaciones para la prestación de servicios sanitarios han avanzado en las últimas décadas más que en toda la historia de la humanidad y a la vez, en ninguna época como en la actual, se habían planteado tantos y tan complejos dilemas éticos a los profesionales sanitarios. El dilema ético en la limitación del esfuerzo terapéutico, ante recursos sanitarios limitados, se basa en que la utilización de ellos en un determinado paciente, lleva implícito negarlos a otro, dada la limitación de los recursos.

Pero también existe dilema ético al definir hacia dónde debe ir el dinero de la investigación sanitaria pública: ¿en qué medicamentos se ha de invertir?, ¿se debe investigar en la obesidad y en su tratamiento o por el contrario debemos invertir en salud pública?, ¿invertir en trasplantes o en conocer mejor la enfermedad de Alzheimer,?, ¿concienciar sobre el electromagnetismo o sobre los accidentes de tráfico?, ¿investigar sobre la hormona que regula el apetito, sobre la infertilidad y la impotencia masculina o sobre otros medicamentos?, ¿quién financiará los nuevos tratamientos con terapias génicas y como se generará el debate ético sobre la terapia génica, su financiación y sus indicaciones?, ¿ que tipo de impuestos tendrán que generarse para mantener el sistema sanitario público?, etc.

Lamentablemente, la Medicina actual que compagina las mayores cotas de eficacia de toda la historia de la humanidad, en el tratamiento de las enfermedades, vive en un mundo en el que la queja mayor es la deshumanización. La Medicina basada solo en hechos científicos resulta vacía si no se incorporan valores, en especial en la asistencia a los mayores, enfermos crónicos y otros colectivos, entendidas las necesidades en términos de calidad de vida, apoyo social y continuidad de la asistencia. Y aquí está una reflexión para los gestores sanitarios.

En breve espacio de tiempo hemos pasado de la gestión sanitaria de la eficacia, a la gestión sanitaria de la eficiencia, como imperativo ético, estando en los albores de la gestión sanitaria de las voluntades, los comportamientos y los valores. Además este es un debate del que no pueden ser ajenas las Universidades y las autoridades sanitarias y sociales. La educación es un hecho y una función social que juega un rol decisivo en la incorporación de valores, saberes y técnicas de una determinada civilización y se identifica, en nuestros días como uno de los fenómenos más rentables desde el punto de vista sanitario y social.

Ante un clásico sistema sanitario y un nuevo modelo social, el abordaje del nuevo marco sanitario ha de ser multidisciplinar y no exclusivamente médico, ni hospitalario, donde todos los profesionales de las ciencias de la salud tejan una red de servicios que tengan como centro las necesidades de los ciudadanos enfermos y de sus familias.

Virgilio sentenciaba que “la fortuna ayuda a los que se atreven” , pero ¿los Gestores de la Salud estamos preparados para ello? ¿acaso nos atrevemos a lidiar este cambio, e ir más allá de la búsqueda de la eficiencia ? Pues bien, lideremos este cambio que pasa por realmente poner al paciente y su entorno familiar, social y cultural en el centro del amplio sistema sanitario, y a la vez garanticemos la aplicación de prácticas adecuadas y eficientes, sobre todo utilizando las nuevas tecnologías y la comunicación entre nosotros y a compartir nuestros resultados, buenos o males.

No será suficiente, en un futuro, ser eficientes o aportar dinero al sistema sanitario, harán falta más sensibilidades y talento social, unidos a la valentía de afrontar cambios, incluidos el del rol y perfil del gestor sanitario en el futuro.

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